La hora de los elfos negros

No sé dónde escuché que Hilary Clinton representaba el realismo inteligente y Barack Obama el realismo mágico, una combinación que tendría el atractivo de tener la polaridad cambiada: la mujer representaría la racionalidad, el hombre el encantamiento; la mujer tendría los colores del sol, el hombre los de la luna... y la inteligencia ocuparía el lugar subordinado que le corresponde.

En todo caso el hechizo ha resultado eficaz: millones de personas estan siguiendo hoy mismo los rituales de la investidura de Barack Obama, la confianza en el presidente electo ha alcanzado cifras anómalas en democracia (79% según parece), el respeto o el disimulo se han hecho obligados en los centros de poder, aunque las gentes ilustradas adviertan educadamente que el encantamiento es irrelevante para resolver los problemas de la crisis económica o del desorden internacional. La magia formaría parte de los intangibles asociados a la capacidad de seducción, de persuasión, unas habilidades de utilidad limitada fuera de los festejos democráticos. Incluso el común parece temer la resaca de estos excesos emotivos.

Pero se ha impuesto la necesidad de reequilibrar la lógica unilateral del mercader, del soldado o del clérigo, de denunciar la verdad del fariseo, de recuperar el alma de las cosas, de reactivar los arquetipos. Pocas veces una celebración laica habrá recordado tanto a un acto religioso. Por cierto, ¿se trata de una celebración laica?

Introducción a la crónica gris

René Magritte (1898 - 1967), Le chateau des Pyrénés, 1959


Episodios nacionalistas: nota 1

La crónica gris nació de unas lecturas imprevistas que aun no he digerido. Creo que todo empezó con Denis de Rougemont (1906–1985) un hombre de letras inverosímil y entrañable en el que los contrastes parecían convivir armónicamente: era profundamente europeísta y suizo; se posicionó contra el nazismo con la decencia de los que conocen y aman a Alemania. Fue sensible a los misterios de la religión y sin embargo protestante, y era capaz de advertirnos contra los riesgos de la heterodoxia con una contención y una sutileza de la que carecemos los heterodoxos. Desconfié inmediatamente de él: era demasiado perfecto.

Denis de Rougemont representaba sin estridencias todo lo que nos faltaba, o todo lo que yo echaba a faltar entre nosotros. Representaba el federalismo europeo con un estilo aseado y razonable. Uno lo imagina libre de pesadillas, levantándose temprano y llegando puntual a las citas; puntal o incluso antes de tiempo. Fue uno de los impulsores del personalismo que advertía contra los peligros de la insolidaridad, del totalitarismo, del nacionalismo excluyente…. pero también contra los riesgos del nacionalismo centralista. A partir de 1947 militó en la unión de los federalistas europeos, y a partir de 1960 en la creación de la Europa de las regiones, impulsando especialmente las regiones transfronterizas. Desde su identidad de suisse romande nos proponía la racionalidad de las identidades concéntricas que le permitían sentirse de entrada ciudadano de su cantón y por lo tanto suizo, miembro de la francofonía y por extensión europeo. Supongo que cuando su capacidad de identificación se desvanecía buscaba una iglesia de paredes lisas para postrarse ante el dios de las iglesias reformadas y preguntarse porqué el bicho humano es tan reacio a la razón.

Por si esto fuera poco, en 1939, Danis de Rougemont editó un texto delicado y perturbador titulado El amor y occidente. Esta obra, ha sido posteriormente reeditada, corregida, y traducida a multitud de idiomas, hasta el punto de alcanzar una notoriedad que ha eclipsado cualquier otra obra del autor. Para muchos, Danis de Rougemont es, sencillamente, el autor de El amor y occidente, es decir, el que ha reinterpretado los mitos de la pasión amorosa a partir de Tristán e Isolda y del amor cortés, destacando las pulsiones destructivas que, en su opinión, subyacen en la pasión y en el amor romántico. El amor y occidente supuso una defensa de los compromisos de pareja estables (”matrimoniales”) en una época caracterizada por la generalización de los anticonceptivos y la sexualidad no reproductiva. A contracorriente de los ensueños de una promiscuidad feliz, Denis de Rougemont defendía el equilibrio contra el exceso, el fruto contra el despilfarro, Ágape contra Eros. La edición definitiva de El amor y occidente, con las últimas revisiones del autor, se publicó en 1974, cuando el apasionamiento de los años sesenta daba paso a los viejos dilemas del placer y la responsabilidad.

A mi todo aquello me cogió a destiempo. Oí hablar de El amor y occidente unos quince años después, en casa de una mujer indispensable que provenía de lo más cercano a la ética protestante que he conocido en España: el catalanismo laico de antes. Recuerdo vagamente que me hizo algún comentario desapegado -"potser t'interessarà"- y añadió que a su ex-marido le había interesado. Naturalmente, estuve a punto de no leerlo, pero un instinto destructivo me invitó a abrirlo, a hojearlo y quedé inmediatamente fascinado: a pesar de su aparente inocencia, o de su estilo ecuánime, El amor y occidente es una obra equívoca, incluso maligna. No pretende entender la pasión amorosa o mística, no pretende enmarcarla entre nuestras polaridades, sinó que intenta persudirnos del carácter destructivo de las pasiones que, en el límite, podrían asimilarse con la muerte. Como aquél rey insensato de Tebas que aparece en las Bacantes de Eurípides , Denis de Rougemont pertende prohibir la entrada de Dionisio en la ciudad. Es decir, pretende que nosotros le expulsemos de nuestra casa. Y se niega a ver el peligro: en el mejor de los casos, podríamos conseguir la sobrevivencia de un rey herido -un rey con el sexo herido, con el alma herida- reinando sobre una tierra yerma.

Continuarà