
Margaret Benyon, Tigirl, 1985
Todavía hoy recurrimos a La Guerra de las galaxias para recordar qué es una holografía. En la primera entrega de la serie (Star Wars - A New Hope, 1977), la princesa Leia, caía prisionera pero conseguía enviar un mensaje de auxilio a través del androide R2D2 que, entre imprevistos y ataques imperiales, llegaba a su destino y proyectaba la imagen holográfica de la princesa y su mensaje agónico: "...Obi-Wan Kenobi, tu eres nuestra última esperanza...". ¿Recuerdan la escena?
Deslumbrados por los efectos especiales de la película no captamos que el mensaje probablemente nos interpelaba a todos, ni advertimos que el atractivo de aquella niña traviesa y sensual era tóxico: veneno rosa. En todo caso, la princesa es hoy una mujer madura con problemas de sobrepeso, que se ha debatido durante años en el lado oscuro, estragada por trastornos bipolares y alimenticios, por drogas legales e ilegales y que, recientemente, ha decidido representar una obra de teatro autobiográfica, Wishful Drinking, de resultado incierto. La princesa bajo fuego real se llama Carrie Fischer, y en esa obra nos invita a entender sus batallas cotidianas contra el envejecimiento y los vampiros que sólo consumen carne de niña. Mucha mierda, como se dice para desear suerte en los teatros, pero el secreto que permite destruir esas estrellas de la muerte consiste, al parecer, en renunciar al egocentrismo y a los ensueños de poder y protagonismo que se expresan en el cine y fuera del cine. Mucha mierda.
Deslumbrados por los efectos especiales de la película no captamos que el mensaje probablemente nos interpelaba a todos, ni advertimos que el atractivo de aquella niña traviesa y sensual era tóxico: veneno rosa. En todo caso, la princesa es hoy una mujer madura con problemas de sobrepeso, que se ha debatido durante años en el lado oscuro, estragada por trastornos bipolares y alimenticios, por drogas legales e ilegales y que, recientemente, ha decidido representar una obra de teatro autobiográfica, Wishful Drinking, de resultado incierto. La princesa bajo fuego real se llama Carrie Fischer, y en esa obra nos invita a entender sus batallas cotidianas contra el envejecimiento y los vampiros que sólo consumen carne de niña. Mucha mierda, como se dice para desear suerte en los teatros, pero el secreto que permite destruir esas estrellas de la muerte consiste, al parecer, en renunciar al egocentrismo y a los ensueños de poder y protagonismo que se expresan en el cine y fuera del cine. Mucha mierda.
Por lo demás, a lo largo de estos años hemos aprendido que las holografías existen fuera de los ensueños, aunque alguna de sus características parezca de ciencia ficción. Fueron descubiertas en 1947 por Dennis Gabor cuando intentaba perfeccionar los microscopios electrónicos y recibió por ello el Premio Nobel de física años más tarde. Se trata de placas fotográficas que pueden proyectarse generando figuras tridimensionales un tanto fantasmagóricas. Muchos sospechamos que hay más belleza en las matemáticas que subyacen al holograma que en los efectos plásticos que se consiguen. En todo caso, su utilización como medio de creación artística no ha dado aun grandes resultados (ver, por ejemplo, las colecciones que difunde holography @ ning). Por contra, los hologramas han inspirado metáforas particularmente poderosas sobre el funcionamiento del cerebro humano e, incluso, sobre la estructura de la realidad, hasta el punto de que algunos hablan ya de paradigma holográfico.
De entrada, si cortamos una placa hologràfica en fragmentos, por ejemplo, si la partimos por la mitad, cada uno de los fragmentos puede volver a proyectar la imagen completa. El ángulo desde el que vemos la figura tridimensional varia en función de la posición relativa que ocupaba ese fragmento y la nitidez de la imagen decrece cuando los fragmentos son muy pequeños pero, en cualquier caso, la proyección realizada a partir de un fragmento restituye la imagen entera, recordando que el todo puede estar en cada una de sus parte. Y la cosa no acaba aquí.
Continuará


